FANTASMAS DE DESVÁN
En Arenas de San Pedro, el hermoso pueblo que le vio nacer, no entienden mucho esas declaraciones porque su padre, tal y como adelantaba la periodista Isabel Durán, fue jefe local de la Falange, según informa Kiko Méndez-Monasterio esta semana en la revista Época. Y no sólo eso, sino que Mariano Fernández Alonso también fue durante muchos años teniente de alcalde del municipio. Esern fin, que como tantos progres de ahora, los papás que gobernaban durante el régimen de Franco eran los suyos, y es difícil de entender tanto rencor hacia la propia estirpe de uno. Sobre todo en este caso, porque el falangista fue, según cuentan, un excelente regidor: natural de Segovia, el padre del hoy ministro de Justicia se trasladó a Arenas para expandir el negocio familiar de la madera. Allí se casó con Tita Bermejo (toda una belleza, al parecer) y del matrimonio nacieron cinco hijos, tres chicos y dos chicas. Además de su implicación política y su dedicación profesional como maderero, siguió acrecentando su patrimonio al obtener la concesión de dos gasolineras, que todavía están hoy en manos de la familia. Gracias a esto, Mariano Fernández Bermejo pudo disfrutar de una niñez y juventud muy acomodadas y nada perseguidas. Como estudiante de leyes tampoco destacó por una feroz militancia antifranquista: parece que en él se hacía cierta aquella frase de que la juventud de la época no estaba en la oposición al régimen, sino en las oposiciones. Por eso, después de licenciarse en Derecho ingresa en la carrera fiscal, en 1974, con la necesaria adhesión a los Principios Fundamentales del Movimiento, que por aquel entonces se exigía y que él ha preferido olvidar.” …………………………………………………………………………………………
Nadie es heredero de las virtudes o pecados de sus padres, y como tal todo el mundo tiene el derecho de ejercer su libre albedrío para seguir los pasos de sus progenitores o intentar enmendar sus culpas con una vida absolutamente ajena a lo que fueron sus ideas y sus obras, pero lo que nadie puede hacer es intentar ocultar vergonzosamente el pasado familiar, inventarse un pasado de militancia o sacrificio inexistente, y lo que es aun peor acusar a los demás de tener lo que nosotros guardamos en el trastero bajo siete llaves y capa de gotelé.
Es el caso que se nos ofrece en el artículo con que iniciamos estas líneas. No sabemos si el padre de Bermejo fue un buen o un mal falangista, pero lo que si sabemos es que estaba en el grupo de aquellos servidores del Régimen contra los que los “demócratas de toda la vida” plantearon oposición más o menos arriesgada. Lo que si sabemos es que el señor Bermejo hijo no estaba entre ellos, pues mientras algunos sufrían persecución y cárcel (entre ellos algunos falangistas), él, como obediente hijo se dedicaba a superar sus oposiciones, amparado por la pudiente situación económica de papá y a jurar “los Principios Fundamentales del Movimiento” junto con su cargo. De todos es sabido que hasta los 14 años nuestro padre lo sabe todo, hasta los 40 pensamos que no sabe nada, y a partir de entonces volvemos la vista a tras y nos damos cuenta de que lo que sabía en realidad no era todo pero era mucho. Por eso en la década de los 60 y 70 un nutrido grupo de los llamados “hijos del Régimen” se dedicaron a llevar la contraria a sus padres y a hacer el hippy o el “rojo”, amparados por la billetera y las relaciones de papá, ósea lo que sería oposición de bajo perfil de riesgo, y luego muchos han acabado en el PP o en el PSOE. Si a esos compañeros de fiesta es a los que se refiere Bermejo ¡Buah!, y si para colmo pretender atribuirse sus escasos méritos, doble ¡Buah!, porque el tiene lo malo de todos, y ni siquiera puede colgarse la medalla de “oposición activa “ de algunos.
Para personajes como estos escapados de una novela de Vizcaíno Casas, “De camisa vieja a chaqueta nueva” o “Hijos de Papá”. MEMÓRIAZUL siempre tendrá un hueco en su apartado “Fantasmas de desván”. Esperamos vuestras denuncias.
(PD / Época).- "Luchamos en su día contra los papás de los que nos gobiernan y no tenemos ningún temor a los hijos". Eso decía en 2003 Mariano Fernández Bermejo.
